La conquista de San Pablo
San Pablo no es una linda ciudad, es el Brasil sin playa. ¿Quien se va de vacaciones a Brasil si no es a disfrutar la playa? A una hora están las costas de Santos y a cuatro la imponente Río de Janeiro, pero yo estaba ahí para ver el show que daría Pearl Jam, la banda de rock de los noventa que más tiempo tardó en visitar Sudamérica.
El conserje del hotel contó que a principios del siglo XIX San Pablo tenía sólo 20 mil habitantes y cerró su speech agregando que hoy es la tercer metrópolis más poblada del mundo con 19 millones de habitantes, después de Tokio y Ciudad de México.
Pensaba en mi vieja, que había estado exiliada en la última dictadura en esta ciudad, pero no tuve tiempo para visitar Santo Amaro, el barrio en el que vivió dos años. Recordé cuando dijo que era un descanso de tremendo alboroto, alejado del centro.
El concierto por el que yo había hecho 2700 kilómetros era una noticia más entre todas las páginas del Folha. Lo importante era que al día siguiente se clasificaba campeón brasilero el Corinthians, uno de los dos equipos populares de la ciudad, de la mano de un ídolo argentino: Carlos Tevez.
Entré temprano al Estadio Pacaembu y la larga espera me permitió charlar con Neto, un adolescente locuaz que me paseó por la historia de la ciudad, la del fútbol brasilero, la discografía de Pearl Jam y su vida.
Había leído que San Pablo era la Nueva York de América por la multiplicidad de razas existentes y el me ofrece el dato justo: cuando se abolió la esclavitud, los grandes productores de café necesitaron mucha mano de obra y más de cinco millones de trabajadores llegaron desde Europa y Asia.
La otra cosa que me dejó en claro Neto fue la pasión por Tevez: los brasileros estaban maravillados con los huevos que pone Carlitos. Gambetas y goles sobran en sus tierras, pero pelotas es un condimento que escasea.
Éramos cinco argentinos apretados contra la valla por 40 mil vecinos, y cuando flameamos la celeste y blanca nos llovieron algunos insultos. Luego de más de dos horas de empujón y emoción llegó la versión de Neil Young “Rocking in the free world”, tema en el que el cantante Eddie Vedder suele regalar su pandereta a un afortunado.
Vedder se tapaba de la luz con su mano e intentaba mirarle las caras a la masa, iba, venía y todos querían llamar su atención. Para poder levantar los diez dedos mordí la bandera y fue ahí cuando Eddie me señaló y me dio el preciado tesoro, cuando entendí qué era que te tiemblen las piernas, cuando envolví mi sueño con el trapo y lo apreté contra mi pecho.
Al día siguiente Carlitos Tevez estaba en boca de todos los paulistas y su foto ilustraba la tapa de los diarios. Un argentino se consagraba como nunca en Brasil.
Yo me volvía a Buenos Aires con aquello que desearon miles de almas en mi valija y la satisfacción del golazo que clavé en el Pacaembú.
Escuchando: en aquellos días la mejor musica del mundo y en vivo, hoy ando con Bloc Party
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